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Cuento de misterio / terror

Nick-On’an

Por Roberto Saravia

Era una mañana calurosa de un verano que recién empezaba, pero parecía competir por el premio del verano más caluroso de la historia.

Apenas eran las ocho de la mañana y ya el calor amenazaba con volverse insoportable en cualquier momento.

“Te lo digo, este calor no es normal”, le dijo Ando a Perr, apenas despegando los labios y arrastrando las palabras, que parecían precipitarse pesadamente desde su boca hasta el suelo.

Perr se abanicaba con una carpeta. El hecho de que las ventanillas de la patrulla estuvieran abiertas no aliviaba en nada el calor. Más bien parecía que el aire caliente de afuera se colaba hacia el interior del vehículo con el fin de escapar del inclemente sol.

“No es normal”, repitió Ando. Perr, un agente de más experiencia que el joven Ando, se limitó a mirarlo y continuó abanicándose.

Los minutos parecían tomarse su tiempo para recorrer su camino circular. Parecía que el sol había chamuscado el tiempo mismo.

“¡Detesto estos días de verano! ¡Aparte de tostarnos en el sol, no sucede nada!”, rezongó Ando.

Perr le respondió con una media sonrisa. Hacía una década, él había vivido un verano más caluroso aún y esa vez había ocurrido algo. Algo que él preferiría olvidar.

“¡Atención unidad A4!” “Se reporta un x34 en el 125 Calle Huertas”, se oyó por la radio de pronto. “Repito: un x34 en el 125 Calle Huertas”.

“Entendido. A4 va a investigar”, respondió Perr mientras encendía el motor del auto con un movimiento reflejo. Un segundo después, la patrulla avanzaba a toda prisa hacia la dirección indicada.

“¿Un x34? ¡Te lo dije: este no es un día normal!”, exclamó Ando.

Les tomó cinco minutos llegar a la casa 125 de la Calle Huertas. Ni siquiera se habían estacionado, cuando una mujer salió de la casa a toda prisa para recibirlos. Llevaba a su hija pequeña en brazos, fuertemente aferrada contra su pecho.

“¡Señores policías! ¡Qué bueno que vinieron!”, les dijo ella, casi gritando. Se notaba turbada y asustada. La niña, por el contrario, dormía profundamente. La dama empezó a narrar lo sucedido tan a prisa y de una forma tan desordenada que los policías no comprendieron ni una palabra de lo que dijo.

“Buenos días, señora. Yo soy el agente Perr y este es mi compañero, el agente Ando”, saludó el policía viejo haciendo gala de sus modales que muchos veían como anticuados para los tiempos presentes. “Es importante que se tranquilice”, le aconsejó.

La mujer respiró hondo. Hizo una pausa mientras desenredaba la madeja de su narración en su cabeza.

“¿Nos podría narrar despacio lo que sucedió?”, le pidió el agente Ando. Perr le lanzó una mirada de reproche por su descortesía.

La dama, debido a su nerviosismo, ni siquiera notó la falta de tacto del agente joven y reinició su narración. Un individuo había llamado a su puerta. Cuando ella lo atendió, el hombre le preguntó si conocía a la familia Fowl. Como ella no los conocía, le preguntó al extraño su nombre y qué dirección le habían dado. Él le dijo cómo se llamaba y seguidamente, le mostró un papel con la supuesta dirección. Cuando ella miró el trozo de papel, el hombre le soltó una carcajada y, cuando la mujer notó que él se llevaba la mano a algo que parecía la funda para un arma, cerró la puerta de golpe y llamó al 911.

“¿Y cuál era la dirección que le dio el sujeto?”, indagó Ando.

La mujer, al borde del llanto, les mostró el papel.

“¿Éste fue el papel que el sujeto le dio?”, quiso saber Perr.

“Así es”, asintió ella. “¿Qué quería ese hombre? ¿Por qué me amenazó? ¿Irá a regresar luego?”, les preguntó. Estaba a punto de colapsar.

El papel no contenía ninguna dirección. En su lugar, había un dibujo, pobremente realizado, de algo que vagamente recordaba a la mujer y a la niña, que se tomaban las manos frente a una representación igualmente pobre de la casa. Los trazos estaban hechos con un lápiz de cera azul.

“¿Esto es todo?”, preguntó el agente joven. “¡Se ve como un dibujo que haría mi sobrinito de tres años!”

De nada sirvió preguntarle detalles a la dama. Ella no recordaba nada más de lo que les había dicho, y se empeñaba en repetirlo junto con sus preguntas sobre el extraño una y otra vez.

“Solicita apoyo psicológico”, le recomendó Perr a su compañero después de un rato.

“¿No vamos a investigar en los alrededores? Tal vez algún vecino miró por dónde se fue el sujeto…”, sugirió Ando.

“Me interesa más lo que descubran los psicólogos”, replicó el agente viejo cuando puso la patrulla en marcha. “¿Viste lo que llevaba la niña en una de sus manos? ¡Un lápiz de cera azul!”.

El agente Ando enmudeció. ¿Cómo no se había fijado en ese detalle?

“¿Entonces ella lo inventó todo?”, le preguntó a su compañero.

“Es una posibilidad”, se limitó a responder el otro mientras conducía.

“¿Pero por qué no nos dio más detalles si se trata de una alucinación o algo así?”, prosiguió Ando. “Si ella se inventó al sujeto y creyó en su existencia al punto de llamar a la policía, lo natural sería que hubiese dotado a su espejismo con suficientes detalles…de lo contrario, le sería difícil creer en él, ¿o me equivoco?”.

“Supongo que eso es lo que nos deben responder los psicólogos”, replicó Perr, ponderando su respuesta. Lo que Ando acababa de decir no sonaba del todo descabellado.

“Unidades A3 y A4…se reporta un X34 en el Parque de Oro, costado norte. Favor investigar…”, oyeron los dos policías por la radio y se dirigieron al parque.

“¿El segundo individuo sospechoso que altera el orden en esta mañana?”, se quejó Ando.

“Antes te quejabas de que no pasaba nada”, le hizo notar el otro policía.

Cuando llegaron al parque, la otra patrulla ya estaba allí. Los agentes Comm y Aldóvar ya interrogaban a los presentes.

Según les refirió Aldóvar, los presentes en el parque habían visto a un sujeto, quizás bajo los efectos de alguna droga, lanzar piedras a los demás y perseguir a las jóvenes que hacían ejercicio allí, pidiéndoles una cita con una forma de hablar extraña.

“¿Extraña en qué sentido?”, preguntó Perr.

“Vocabulario muy básico…como un extranjero que apenas aprende a hablar. Les decía “¿Querer usted ir cita con Nick?” o algo así”, les explicó Comm.

“¿Y dónde está nuestro galán?”, bromeó Ando.

“Ni idea”, respondió Aldóvar. “La situación se complica mucho a partir de este punto. El sujeto la emprendió contra todos a pedradas desde la fuente…”

Perr se encaminó hacia allá.

“No te molestes”, lo atajó Comm. Yo ya revisé el lugar. O el tipo acabó con todas las piedras sueltas de la fuente, o no se pudo lanzar ni un solo proyectil ígneo de ese lugar. ¡Todo es concreto macizo como la cabeza de nuestro jefe!”.

Perr se detuvo. Comm era una agente dos años mayor que él y con muchísima experiencia, por lo que él confiaba en su juicio.

“Por otro lado”, prosiguió Aldóvar, “son nuestros testigos quienes presentan indicios de haber recogido y lanzado las piedras”.

“¿Contra el extraño?”, inquirió Ando.

“Unos contra otros”, explicó Comm. “Es como si todos estos sujetos se hubieran enzarzado en una guerra de piedras de proporciones épicas. ¿Ven a la joven delicada de allá? Sus uñas de fantasía están completamente despedazadas y a su alrededor se ven los rastros de sus uñas en la tierra. ¡Es como si hubiera usado sus manos como excavadoras!”, les dijo, confundida.

“¿Y ella, qué dice?”, preguntó Perr.

“Dice que usó sus manos para desviar los proyectiles”, respondió Aldóvar, rascándose la cabeza.

“¿Y cómo escapó nuestro hombre?”, les preguntó Ando. Algo en su interior le pedía que investigara más.

“Huyó por entre aquellos arbustos, supuestamente”, contestó Aldóvar, señalando la ruta.

Perr y su compañero revisaron el sitio. Había ramas dobladas y quebradas entre las plantas.

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Más tarde, cuando Ando y Perr habían abandonado el lugar, prosiguieron su conversación.

“¿Cómo nos dijo Comm que se llamaba el sospechoso?”, preguntó Ando.

“Nick”, le respondió Perr al girar en una esquina.

“No me gusta…”, murmuró Ando, pensativo.

“Me alegra. Así Ando no ir cita con Nick”, bromeó el agente viejo y se ganó un golpe con la carpeta que antes había usado para abanicarse.

“No. En serio. Hay algo peculiar aquí”, dijo Ando cuando Perr terminó de frotarse su hombro recién golpeado. “Hay menos de tres kilómetros entre la Calle Huertas y el parque”.

“¿Crees que el sujeto de la Calle Huertas es Nick?”, quiso saber el agente viejo. “Si viajaba a pie, hubiera sido imposible que llegara al parque antes que nosotros”.

“Nos detuvimos al menos media hora con la señora de la Calle Huertas. Luego estuvimos patrullando por diez minutos. Es tiempo suficiente para trasladarse hasta allá, especialmente si se toma la calle tres, que va prácticamente en línea recta”, le hizo ver el policía joven.

“Estás aprendiendo, muchacho…”, reconoció el otro con una sonrisa.

La radio los volvió a interrumpir. Les pidió ir a revisar un “zeta doble cero” en la Escuela Central, a aproximadamente cuatro kilómetros de su ubicación actual, dos cuadras al sur del parque.

“¡Demonios! ¡Sólo esto nos faltaba!”, gruñó Perr mientras los neumáticos de la patrulla chirriaban protestando por el cambio de rumbo abrupto.

“¿Un zeta doble cero? ¡No recuerdo ese código!”, confesó Ando, algo avergonzado.

“Avistamiento de un extraterrestre”, lo instruyó el otro policía.

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En la pequeña escuela todo era conmoción. Las cuatro maestras y los dos maestros trataban de tranquilizar a sus alumnos, que chillaban y gritaban. Los dos agentes del orden público ingresaron a la oficina de la directora para recabar información sobre el suceso. Por fortuna, la prensa no se había enterado aún.

“Todos nos encontrábamos en el patio debido al acto cívico…”, les narró la directora. “Los bailes típicos habían terminado y estábamos a punto de terminar la actividad cuando lo vimos. El sonido falló cuando la maestra de la sección 6-1 estaba dirigiéndose a los alumnos”.

Perr miró a su compañero. Se notaba impaciente. El joven, cual sabueso, parecía haber olfateado algo.

“De pronto, un hombre extraño salió del museo. Ese salón lo mantenemos con llave todo el tiempo y se ubica justo frente al patio donde realizamos los actos cívicos, ya que el salón de actos está en malas condiciones y no hemos tenido el presupuesto para remodelarlo…”

Perr miró divertido cómo la impaciencia se colgaba del rostro de Ando. Decidió intervenir y encarrilar de nuevo a la directora antes de que el joven demostrara su falta de modales.

“Nos decía sobre el individuo…”, dijo sutilmente.

“Parecía un soldado. Llevaba unas botas muy lustrosas de color negro. Estaba enfundado en un sobretodo verde oscuro, como el color del uniforme militar. También llevaba un casco negro y brillante que nos impedía ver su cara.

“¿Un sobretodo con este calor?”, trató de corroborar Ando.

“Creímos que era un sobretodo o una gabardina”, se corrigió la mujer, “pero en realidad, eran como élitros…lo supimos cuando los desplegó”.

“…Élitros es el nombre de las alas duras de los coleópteros, como los escarabajos”, le explicó por lo bajo Perr a su compañero. “La especialidad de la directora debe ser ciencias”.

“Después de levantar sus élitros, desplegó sus alas. Eran enormes. Podían medir al menos dos metros cada una. El casco era más bien el final de su cabeza…y los miembros de ese ser repugnante estaban llenos de vellos. Sin contar las piernas, que eran largas y firmes, creo que poseía al menos otros tres pares de extremidades.”, describió la mujer.

“Entonces no se trataba de un insecto…”, conjeturó Ferr.

“Definitivamente no era un insecto. Su cuerpo, delgado y frágil, no estaba dividido en tres partes, sino en dos como los arácnidos. Además, creo que tenía ocho extremidades en total, aunque yo estaba demasiado turbada para asegurarlo”, confirmó la directora.

“¿Y cómo era su cara?”, indagó Ando.

“Bajo el supuesto casco había un apéndice blanco, con dos ojos rojos muy brillantes y grandes. No vi rastros de boca, nariz u orejas. Tampoco noté antenas. Lo que sí vi fue que, a diferencia de las piernas, que parecían las de una armadura negra, los brazos poseían demasiadas articulaciones y, como dije antes, estaban cubiertos por una vellosidad abundante. La criatura se elevó sin siquiera batir sus alas…era como si levitara…”, narró la mujer con un hilo de voz.

“¿Y luego?”, interrogó Perr.

“…Mientras levitaba, no se escuchaba nada. Quiero decir que ningún ruido era audible. Yo podía ver a los niños gritar, pero no alcanzaba a oírlos. Sentía el aire muy cálido y pesado…Era como si estuviéramos dentro de una inmensa burbuja caliente. Luego, la criatura voló verticalmente a una velocidad pasmosa. Escuchamos una especie de estallido, claramente una explosión sónica. Con ello, todo volvió a la normalidad, si es que podemos llamarle así a la condición en que nos encontramos ahora”, finalizó la educadora.

Los agentes revisaron el museo. El conserje tuvo que abrirles la puerta, que se hallaba firmemente cerrada. De hecho, los policías tuvieron que esperar al menos diez minutos mientras el pobre hombre luchaba a muerte contra el candado ya invadido por el herrumbre. Dentro de la sala, encontraron objetos tan empolvados que el solo moverlos causaba tos y estornudos.

“¡Vámonos de aquí!”, le dijo Perr a Ando después de un rato.

En el interior del vehículo, los dos policías guardaron silencio mientras meditaban lo que escribirían en el reporte. ¿Ahora toda una escuela había visto a un ente insectoide? Por fortuna, la prensa no había llegado al plantel escolar para cuando ellos salieron.

No bien habían recorrido tres cuadras, cuando tres jóvenes vestidos de pandilleros prácticamente se arrojaron a la patrulla. Gracias a los reflejos de Perr, ninguno había sido golpeado por el automóvil. Ando iba a desenfundar su arma, pero el otro agente lo detuvo: ellos estaban asustados.

******************

“Un hombre forcejeaba con ese anciano”, les explicó uno de los jóvenes, el de aspecto más tosco y de actitud más huraña. “Al verlo, fuimos a enseñarle al fulano a no molestar viejos indefensos…ya sabe, lo del respeto y todo eso…”

“Además, uno va a ser viejo también”, interrumpió otro.

“Como sea, nos acercamos al desgraciado y…”

Los tres pandilleros callaron por un tiempo que amenazaba con volverse demasiado largo.

“¿Y?”, los presionó Ando, visiblemente molesto.

“De pronto, no pudimos movernos. Era como si nos tuvieran amarrados, totalmente enrollados en cuerdas”, aseguró uno de los jóvenes rebeldes.

“El infeliz empezó a reírse y reírse de nosotros. Yo no podía respirar. Empecé a sentir miedo como nunca antes lo había hecho”, gimió otro.

“Nos dijo que se llamaba Nick-On’an”, concluyó uno de los jóvenes por fin.

Cuando los policías se dirigieron al anciano, éste había desaparecido.

“¿Te das cuenta? ¡Nick-On’an! ¡Ese es nuestro hombre!”, exclamó Ando.

“No…no me doy cuenta de nada. ¿En qué estás pensando?”, quiso saber Perr.

“Es un sujeto extranjero, y su nombre es Nick-On’an. ¿Cuántos sujetos llamados así conoces?”, insistió el joven. Perr no comprendía nada.

“Cierto, no conozco a nadie con ese nombre. De hecho, es la primera vez que escucho un nombre así, pero eso no quiere decir que…”

“¡Claro que sí!”, dijo Ando y golpeó con la carpeta la puerta del automóvil. “¡Ya te atraparé, Nick-On’an! ¡Al menos esos vagos nos dieron su descripción!”, murmuró el joven policía.

Dos cuadras más adelante, Ando miró hacia un callejón cuando la patrulla iba recorriendo la calle.

“¡Detente, Perr! ¡Allá está él!”, gritó de pronto el agente joven.

Perr miró a un hombre alto, de cabello corto y castaño y vestido muy elegantemente, justo como los pandilleros lo habían descrito. Caminaba en actitud sospechosa hacia el fondo del callejón.

“¡Espera Ando! ¡Ese hombre no es quien buscamos!”, le dijo.

“¿Y tú cómo lo sabes?”, le respondió su compañero.

“¡Míralo!”, le dijo el agente viejo. “¡Un hombre así jamás se podría llamar Nick-On’an!”

“¡Eso es lo que él quiere que pensemos!”, replicó Ando.

“¡Ando, piensa claramente! ¡Este callejón no conduce a ningún lugar, está totalmente desierto y un sujeto elegante no tiene nada que hacer aquí!”, le gritó Perr a su compañero, que ya se había bajado del vehículo y corría hacia el sujeto.

Desde lejos, Perr pudo ver cómo Ando sujetaba al sujeto por la espalda de un brazo y luego lo lanzaba violentamente contra una pared para inmovilizarlo. Sacó la billetera del bolsillo del hombre y, con un movimiento enérgico, lo tiró contra el piso sucio del callejón mientras miraba su identificación.

Horrorizado, el agente viejo miró a su compañero patear con rabia al desconocido, mientras gritaba iracundo “¡Nick-On’an!, ¡Nick-On’an!”.

“¡Ando! ¡Detente! ¡No existe ningún Nick-On’an!”, le gritó Perr desesperado mientras corría hacia el otro agente, que ya desenfundaba su arma y la apuntaba contra el sujeto en el suelo.

En un segundo, el agente viejo revivió el suceso de hacía diez años. Su entonces mentor había estado persiguiendo a un sospechoso de nombre extraño e imposible de localizar. Justamente en una callejuela como aquella se había volado los sesos después de gritar que había atrapado al hombre.

El policía viejo cerró sus ojos con fuerza. Escuchó una detonación.

El joven había disparado al suelo por suerte. Al llegar junto a Ando, apenas logró arrebatarle el arma cuando el joven la presionaba contra su propia sien.

“¡Por el amor de Dios, Ando! ¡Te digo que no puede existir nadie con el nombre Nick-On’an!”, lo regañó Perr. “¡Reacciona, por favor!”

La mirada de Ando, vidriosa y perdida, ponía en evidencia su estado mental. Los dos oficiales se hallaban solos en el callejón.

Con una enorme pesadez en su espíritu, Perr solicitó ayuda. Llevó al joven directo a la oficina del psicólogo más tarde.

Era mediodía. El sol brillaba como nunca y amenazaba con derretir hasta el mismo concreto.

Perr se detuvo en el parque. ¿Cómo un día que parecía tan aburrido se había convertido en semejante confusión?

A lo lejos, un hombre alto, de traje elegante, agitó un brazo para saludarlo. Luego desplegó sus gigantescas alas de insecto y desapareció en el aire.

“¡Maldito calor! ¡Nos está enloqueciendo a todos!”, gruñó el policía.


Disponible desde 2 agosto de 2026 hasta 2 enero de 2027

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