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Cuento infantil

La puerta entreabierta

Por Betty Sáenz Cruz

La noche empezaba a caer y la niña regresaba a su casa después de una larga tarde de escuela. El camino era de sobra conocido: las mismas aceras, las esquinas con los semáforos, los establecimientos comerciales y aquella calle. Cada vez que llegaba a esa vía fría y desolada, el miedo se aferraba a ella como una segunda mochila escolar, solo que más pesada; un bulto odioso que debía cargar a la fuerza si quería llegar a su casa, pues no había modo de llegar sin atravesar esa calle.

Los pequeños pies de la niña se detuvieron en el concreto de la acera por un instante. Ellos sabían dónde estaban. Unos cuantos pasos más hacia adelante y un giro a la derecha la separaban de ese lugar que tanto detestaba cruzar. La luz del día ya faltaba en el cielo. Arriba, el sol se había reducido a un hilo de plata entre vientos demasiado helados.

La estudiante avanzó y miró hacia su derecha. Palideció de inmediato y se quedó clavada en el suelo. Sintió como si un lagarto hubiera salido de la mochila imaginaria y trepara por su espalda. En la acera de la calle nefasta solo se veía un hombre que caminaba en dirección a la casa de la niña. Iba con el torso desnudo y sin zapatos. No había manera de evitarlo: si deseaba llegar a su hogar, debía apurarse y adelantarlo.

Sin ningún reparo, el extraño intentaba abrir la puerta de cada casa por donde pasaba. Al ver al hombre descalzo forcejear contra una puerta y proseguir su camino, decenas de arañas se escaparon de la mochila del miedo y corrieron por todo el cuerpo de la niña: paralizada, acababa de recordar que su mamá siempre dejaba la puerta entreabierta para que ella entrara rápido después de clases. La puerta cedería tan pronto alguien la empujara y su madre estaba sola.

Había una batalla dentro de la escolar. Temblaba con la idea de alcanzar al hombre y verlo de cerca; por eso sus pies se negaban a moverse. Pero la idea de que él iba a entrar a su casa y que le podría hacer mucho daño a su madre la horrorizaba. Ese segundo miedo le arrancó los zapatos de suelo. Sus pies eran dos piedras inmensas, pero ella se obligó a mover las piernas y avanzó.

En espíritu, la chiquilla había volado al lado de su madre a la velocidad de la luz. Su cuerpo, sin embargo, se movía con pesadez hasta que estuvo junto al hombre. Su apariencia era grotesca; toda la cara del tipo mostraba salvajes golpes y cortadas, como si lo hubieran tratado de matar a punta de machetazos y pedradas. Su pelo se pegaba al cráneo con sangre. Además, una enorme protuberancia deformaba su frente y le faltaba un pedazo del labio superior, como si lo hubiera besado un alicate.

El vagabundo ensangrentado la miró fijamente. Con voz áspera, le preguntó: – ¿Va a pasar?

La niña no pudo contestar. Sentía como si las palabras hubieran bajado hasta sus pies y salieran por las plantas en forma de raíces. Se estaba quedando congelada de nuevo junto al hombre que olía a carne podrida y solo pudo bajar los ojos. Miró los pies del hombre. Estaban cubiertos de sangre que salía de llagas supurantes. Las uñas, largas y negras, levantaban las piedrecillas. Más que pies humanos, parecían los de un ogro.

Con terror de levantar los ojos y encontrarse no junto al vagabundo, sino a un monstruo, la niña corrió desbocada y llegó a su casa. Entró dando un portazo.

Al escuchar el ruido, alguien salió a su encuentro. Era su tío, que había venido de visita. De inmediato supo que algo andaba mal cuando vio a su sobrina tan pálida, pero no logró que ella le relatara qué había pasado. La niña solo habló cuando vio que su madre se encontraba bien.

El tío salió a buscar al hombre. Luego de un rato, regresó a la casa.

— ¡Qué raro! Hablé con todos los vecinos y nadie vio nada.

Pero, al entrar, no dejó la puerta entreabierta.


Disponible desde 2 agosto de 2026 hasta 2 enero de 2027

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