¿Mañana qué día es hoy?
Por Roberto Saravia
Los seres humanos creen que son el centro del universo. Según ellos, son la especie más evolucionada del planeta. Son tan engreídos que piensan ser también los seres más inteligentes y que sus derechos se hallan sobre los de las demás criaturas. Es increíble verlos, siempre colocando su pobre e inútil especie en la posición más elevada hasta cuando hablan de alimentación. ¡Pobres ilusos!
Personalmente, me causan risa…o al menos me la causarían si pudiera reír. Muchos de ellos creen que la marca inequívoca de su superioridad intelectual la representa la frágil construcción a la que llaman “lenguaje”. ¿Cómo es posible que desdeñen la comunicación entre las otras especies y piensen que solamente ellos poseen una estructura cognitiva lo suficientemente evolucionada para establecer un verdadero lenguaje?
Por supuesto, su aparente “superioridad” intelectual y lingüística radica únicamente en su inmensa ignorancia. Es claro para nosotros. Sus sistemas comunicativos son tan rudimentarios que les impiden expresarse más allá de un concepto a la vez, de una forma lineal y suscrita a un único espacio temporal.
Es curioso. No estoy diciendo que como especie, los seres humanos sean unos completos idiotas. De hecho poseen mucho potencial, especialmente cuando de destrucción se trata. El problema es que su cognición sufre una atrofia progresiva apabullante. Para comprobarlo, basta mirar el proceso de aturdimiento intelectual al que someten a los jóvenes de su especie.
Durante los primeros años de su infancia, los bebés poseen la inteligencia necesaria para reconocer mucho más de sus distintas realidades de lo que los adultos creen. Claro, no la pueden comunicar a los adultos porque estos últimos ya se han convertido en prisioneros de su cognición reducida, representada perfectamente por su pobre lenguaje.
¿Por qué me ensaño contra el lenguaje de los humanos?
Sencillamente porque no es un lenguaje. Es más la insignia de una prisión intelectual. Lo que una criatura humana de hasta cinco años podría comprender y comunicar perfectamente se vuelve “imposible de entender” cuando se intenta reproducir en el lenguaje humano adulto.
Una vez, probé suerte e intenté comunicarme con un hombre que se creía muy inteligente por sus múltiples estudios y su “elevado coeficiente intelectual”. Me involucré en el experimento sencillamente porque era él quien estaba buscando comunicarse con nosotros primero. Pensé “¡Ah, aquí hay alguien con potencial!”
¡La experiencia fue un fracaso! Empecé a comunicarme, naturalmente, en mi lenguaje. Obtuve más respuesta de las hormigas en el subsuelo que del brillante individuo. Hubiesen visto su expresión de sorpresa e intriga cuando miró literalmente cientos de hormigas surgir por la minúsculas grietas de su habitación. ¿Qué hizo? Pues lo que los de su raza logran como nadie: la emprendió contra los desdichados insectos. ¿Qué no hizo? Darse cuenta de que yo me trataba de comunicar con él a través de una especie animal lo suficientemente evolucionada como para escucharme.
Como el individuo en cuestión seguía intentando hablar con nosotros, proseguí tratando de establecer un contacto, aunque ya con desdén.
El proceso parecía ser muy extenuante para él. Noté cómo su estructura ósea empezaba a perder densidad y su cerebro seguía atrofiándose irremediablemente. La apariencia externa del hombre también cambiaba. Tengo entendido que los humanos miden su existencia dentro de un concepto lineal llamado tiempo. Siguiendo esa escala, diría que pasaron unos pocos días para lograr comunicarme con este hombre. Tres mil seiscientos cincuenta y tres días, para ser exacto.
Entonces, imitando lo que los humanos hacen con sus bebés, reduje mi lenguaje a una adaptación ínfima de sonidos según los patrones léxicos del sistema idiomático que manejaba ese descendiente de homínidos. Me sorprendió darme cuenta que los humanos poseen diferentes sistemas de comunicación verbal y gestual incompatibles con los de otros miembros de su misma especie. ¿Por qué querrían obstaculizar la comunicación con sus congéneres? ¡Entonces el Efecto Nimrod no se trataba de una leyenda!
Después de muchos intentos por establecer un canal comunicativo, logré que la eminencia intelectual me prestara algo de atención. Es paradójico porque era él quien se hallaba empecinado en hablar conmigo pero su incapacidad resultaba hasta cómica: primero se colocaba en posiciones incómodas y repetía miles de veces unos canturreos. Otras veces se tumbaba como muerto mirando hacia el techo de su habitación. Tengo que reconocer que al principio me engañó: en verdad me hizo pensar que podía mirar a través del cielo raso. Luego pude constatar que sus ojos no veían más allá de lo básico. A pesar de que me encontraba allí con él—y también fuera del edificio—él no me veía en ninguno de los dos lugares.
Otro día, el sujeto extrajo de una bolsa un tablero con números y letras y tomó en su mano una piedrita triangular. Ya otros de los míos se habían comunicado con los humanos por medio de dichos artefactos, así que yo también decidí intentarlo. Él empezó a hacer preguntas absurdas. ¿Deseaba establecer contacto conmigo o con sus congéneres ya convertidos en polvo?
Manipular objetos de tres dimensiones es una tarea tan burda que muchos de nosotros ni siquiera entretenemos nuestra mente con semejante pensamiento. No obstante, decidí seguirle el juego al fulano y le detuve la mano en la palabra “sí” cuando él preguntó si se hallaba alguien con él.
Pude oler la emoción del hombre. Se puso a hacer preguntas frenéticamente mientras su mano hacía bailar su rupestre piedra por todo el tablón ese. ¡No habíamos empezado una conversación inteligible y el muy zopenco ya se estaba distrayendo! Descubrí que lo que ese hombre deseaba era saber lo que ocurriría más allá de su línea temporal presente. El olor de su deseo era tan potente que me causaba repulsión. De seguir por ese camino, nuestra genial eminencia atraería a otros que hallarían su olor a deseo mucho menos repulsivo. Como fuese, le puse final a su frenesí apagando las velas que tan ceremoniosamente había encendido antes de preparar su tabla mística.
Una vez que obtuve la atención del hombre, le susurré mi primer mensaje. Se trataba de algo muy simple:
“¿Mañana qué día es hoy?”
Como lo anticipaba, el individuo no pareció comprender ni siquiera ese mensaje tan miserablemente sencillo. ¡Incluso yo usé su idea de tiempo para facilitarle la comprensión!
Para dejarle algo en qué meditar, si acaso su “portentoso intelecto” le permitía realizar algo de provecho, le solté una narración corta del ayer, pero con algo de trascendencia para meditar:
“Hasta hace dos meses más tarde, muchas almas suspiran las muertes del trabajo. Sólidas son las sospechas miran divisan un hombre intentará avisaba pues ante la catástrofe en la fábrica. Todo por un tanque y nada por algo de cuidado. Estamos presión el vida cambiante la ayer por hubieron viviremos verdad ínfimamente unos explosión tú ante buscamos treinta sin aquellas hasta llamas infinitos. ¿Somos? ¡Ahhh! Mañana fue tristes días vivimos. Detengan tú sabes cabe dos individuo de verde. Llevará pesar no así mas a los rodean su vivienda. Entierra la niñez y el jardín apesta, pues las flores se pudren bajo la tierra donde los ojos se cierran y las vidas se extinguen. ¿Quién lo supo? Estaremos allí pues allí estamos y no se mueven. ¡Justicia en el aire!”
Dada la simplicidad de semejante narración infantil, un bebé humano la hubiera comprendido sin problema. No obstante, este individuo malinterpretó todo. Empezó a advertirle a sus semejantes de un peligro inminente en una fábrica. Cierto, allí ocurriría un accidente, pero ese no era mi mensaje. ¿El pobre iluso pensaba que iba a evitar la explosión de un tanque presurizado y el incendio subsiguiente en ese lugar?
La explosión ocurrió. Treinta murieron. Él fue investigado por la policía. Por tratarse de un accidente, no fue castigado según las reglas de su sociedad…aunque otros, creyéndolo culpable, se vengaron de él.
Lo peor no fue eso. Lo peor fue que el sesudo humano a quien narré mi simple cuento para que meditara decidió más bien decodificarlo cual si de un mensaje secreto se tratara. En este momento está buscando las pistas sobre un asesino en serie que entierra a sus víctimas en su jardín. Por supuesto, el criminal existe, pero que el investigador improvisado no lo podrá encontrar de momento por su poca inteligencia y por su falta de visión tremenda. Lo llegará a encontrar, cierto, pero demasiado tarde. ¿No puede ver este individuo que se trata de él mismo?
Disponible desde 2 agosto de 2026 hasta 2 enero de 2027









