¿Quiere caminar?
Por Juan Carlos Saravia
Los últimos tres días no habían sido precisamente agradables para Mónica, la joven vendedora de la tienda Universal en Multiplaza, Curridabat. Para ella, el lunes inició la semana con el despido de Jessica, su mejor amiga y confidente, debido a un enredo romántico de esta última con un vigilante de la tienda, a quien habían implicado en un robo. El martes transcurrió entre reprimendas por errores cometidos en la caja y el miércoles había concluido luego de que un casi eterno proceso de inventario hubiera evaporado, en concordancia con el calor exasperante del día, más de cuatro horas adicionales a la ya de por sí larga jornada de Mónica.
La joven, a eso de las 8PM, por fin atravesó la puerta, buscó en su bolso el dinero del pasaje y se enfrentó a la noche, encaminándose hacia la parada del autobús con pasos apresurados, pero carentes de energía. Llegó al lugar frente al centro comercial donde tres personas con caras largas, de pie, esperaban. Las delgadas piernas de la muchacha necesitaron un esfuerzo de voluntad para que se detuvieran en la parada; parecían querer llevarla más lejos, como para dejar atrás a la depresión, esa venenosa araña negra que la perseguía desde que había salido de la tienda.
Mónica se detuvo a unos dos metros de distancia, pasada la señal. La noche estaba algo fría a pesar del calor infernal del día, lo cual auguraba una llovizna. Con movimientos mecánicos, la colaboradora de Universal introdujo su mano en el bolso y buscó la sombrilla ausente, pues la había dejado olvidada en su casillero.
“¡Qué día, por Dios!”, se dijo fastidiada la joven, mientras que el arácnido de la depresión trepaba con rapidez por sus piernas y torso, para esconderse entre las grietas de su corazón.
Transcurrieron unos veinte minutos. El autobús tardaba.
Con ojos tristes, Mónica miró el camino para llegar a su casa. Se trataba de un recorrido de un kilómetro en línea recta, cruzando un puente. La casita donde vivía se encontraba justo a mitad de la colina que culminaba con el edificio de la Municipalidad de Curridabat, y ella andaba esa distancia casi a diario para ir al centro comercial. Claro, lo hacía en las mañanas o al mediodía, nunca en la noche, pues prefería tomar el autobús para regresar. Sobradas veces había visto desde la ventanilla los grupos de muchachos escandalosos y sospechosos que se dirigían hacia Multiplaza en las noches.
Un movimiento inquieto en la parada la apartó de sus pensamientos. Mónica asumió que el vehículo por fin había llegado, pero se equivocó. Se trataba de un anciano algo desgarbado que sostenía una bolsa llena de guayabas en cada mano y parecía ofrecerlas a las personas que esperaban, ya que se acercaba a cada uno y les dirigía unas palabras que la joven, por el ruido de los autos en la calle, no alcanzaba a oír. Sin embargo, cada uno de los que esperaban negaban con la cabeza y el anciano, sin insistir, repetía su ofrecimiento al siguiente en la fila.
El viento, con el descaro de un delincuente, se robó las palabras del hombre y las llevó hasta Mónica, quien creyó haber oído mal. ¿De verdad fue eso lo que él dijo? En un instante, el viejo de las guayabas estaba junto a ella y repitió su pregunta con claridad, lo cual confirmó a la vendedora de la Universal que no se trataba de las esperadas palabras “¿desea llevar guayabas?”
-¿Quiere caminar?
Mónica se sorprendió y no supo qué responder. El anciano, mostrando las bolsas de fruta como si en realidad pretendiera venderlas, repitió su incongruente pregunta:
-¿Quiere caminar, muchacha?
La joven dio un vistazo al viejo que, aún con las guayabas en alto, aguardaba la respuesta con una sonrisa plácida. La situación era extraña, sin lugar a dudas, pero el anciano no aparentaba constituir ninguna amenaza. ¿Qué tipo de ofrecimiento era ése? La mente de Mónica trataba de ver la lógica de todo el asunto cuando sus oídos sorprendieron a su propia boca decir “Bueno, vamos”. Como un par de actores que reciben la señal para entrar al escenario, las piernas de Mónica echaron a andar por su propia cuenta.
El viejo se colocó a su izquierda, próximo a la calle, y emprendieron el camino juntos ante el estupor de todos en la parada, lo que divirtió un poco a la joven.
Avanzaron unos cuantos metros en silencio hasta que la vendedora preguntó:
-¿Y usted vive en Curridabat?
-No, muchacha, yo voy ahí por ésto-, replicó el anciano, levantando una vez más las bolsas de guayabas, una en cada mano.
Mónica se figuró que el hombre había querido decir que tenía que llevar las guayabas a alguna persona en Curridabat, pero prefirió no inquirir más. Marchaban a buen paso; ya estaban llegando a la acera nueva, cerca de Mudanzas Mundiales.
-Señor, usted camina muy rápido-, observó la joven.
-¿Para ser un viejillo?, contestó con un guiño y una sonrisa el anciano.
La joven se ruborizó un poco. No estaba consciente de cómo había sonado su pregunta hasta que el extraño de las guayabas terminó el pensamiento, pero el anciano no se mostró ofendido y prosiguió:
-Ya la gente ha cambiado mucho. Antes todo el mundo caminaba para ir a todo lado. Ahora, usté ve. ¡Qué va! Aunque los doctores pasen diciendo que caminar le puede salvar la vida a la gente, ya nadie quiere mover las patas.
Mónica apenas pudo contener la risa.
-¡De verdá, muchacha! Con esa vaina de que ya hasta los carros tienen carros, nadie camina ni a la esquina. ¡Y el humarascal que echan ni para qué! Ya no se respira ni aire. ¡Es como pasar todo el día con la jupa metida en el fogón mientras queman zacate verde!
Esta vez la joven no pudo reprimirse y estalló en una sonora carcajada que hizo volar a la araña peluda muy lejos de su corazón. Cuando la risa se detuvo, la vendedora preguntó:
-¿Tanto han cambiado las cosas?
– Usté ni se imagina. Antes todo el mundo se venía con uno. Ahora vea, yo le dije a cada persona que si quería caminar y nadie quiso. Uno intenta de todas formas y la gente no quiere. Ahí poco a poco uno a veces consigue que alguien se venga… Pero cuesta mucho. Y no importa si es una muñequita como usté o un galán el que les dice. Es que no quieren. ¡Parece que les doliera el asunto de poner un pie adelante del otro! Yo he visto que lo que más sirve es ésto, -dijo el anciano levantando una vez más las guayabas, que se veían apetitosas alumbradas por los postes de las calles. Mónica no alcanzó a comprender lo que había escuchado.
– Vea qué rápido, ya pasamos la Princesa Marina y ya casi casi llegamos al puente-, observó el viejo.
– Y el bus no nos alcanzó -comentó Mónica, tratando de seguir la conversación, aunque se encontraba algo confundida por las palabras del anciano. Además, se percató que éste último tenía razón: habían caminado desde Multiplaza Curridabat hasta la estación de servicio en un tiempo muy corto. Ni siquiera se había dado cuenta cuando cruzaron junto a la distribuidora de autos Honda, frente a la Escuela de José María Zeledón, ni tampoco recordaba haber dejado atrás el famoso “Ranchito”. Quiso alcanzar su teléfono móvil para consultar la hora, pero el viejo la interrumpió:
– Ah, no. Ya casi se viene el agua. Por dicha ya llegamos acá arriba. El bus se queda abajo.
“¿Acá arriba? ¿Cómo que acá arriba, si todavía no hemos pasado el puente?”, pensó la joven, desconcertada y, al mirar a su alrededor, Mónica dio un respingo. Ya habían dejado el puente atrás y se encontraban a mitad de la colina, prácticamente frente a su casa. Aminoró el paso y el viejo de las frutas, al percibir el cambio de velocidad, dijo:
– Yo trepo más arriba. Usté cuídese mucho, ¿oyó?
La vendedora asintió con una sonrisa y, sin saber por qué, agradeció al viejo por acompañarla a pesar de que había sido al revés.
– ¡Pa’ servirle, muñequita, qué agradecida! ¿Ve que no me equivoqué con usté? Por eso le insistí -replicó el anciano y, adentrándose en la oscuridad, se perdió de vista.
Mónica abrió la puerta de su casa y encendió las luces, tratando de entender las extrañas palabras del viejo de las guayabas, pero las interrogantes se acumulaban con la celeridad de las gotas de lluvia, que ya sonaban en los techos. ¿Qué quería decir eso de “no me equivoqué con usté”? ¿Por qué había accedido a caminar con él? ¿Tal vez porque ella misma había estado considerando la idea de regresar a casa a pie o porque algo en él le había inspirado confianza? ¿Fue la pregunta? Él había dicho “¿quiere caminar?” en lugar del acostumbrado “¿no quiere caminar?”, pero la omisión del negativo jamás sería razón suficiente para aventurarse a realizar una caminata nocturna de un kilómetro con un perfecto desconocido… Las preguntas sin respuesta concreta era muchas. Sin embargo, la caminata después del largo día de trabajo mandó a Mónica directo a la cama antes de que pudiera reflexionar en lo sucedido o recordara que su cena yacía olvidada dentro del horno de microondas.
A la mañana siguiente, Mónica despertó descansada y con renovada alegría. Repasó en su mente los eventos de la noche anterior y esbozó una sonrisa de asombro por su audacia. Eso sí, resolvió mejor no contarle nada del asunto a su madre para no preocuparla y, al levantarse, fue a dar los buenos días a su mamá, quien veía las noticias en la televisión. Su rostro se notaba demudado por la preocupación.
– ¡Buenos días, mamá!
La señora recibió el beso de su hija. Del televisor salían voces y un periodista reportaba la noticia de un accidente. Mónica alcanzó a escuchar la palabra “puente” antes que su madre, alarmada, le preguntara:
– ¿Cómo llegó usted anoche, Moni? ¿No ve que, con la lluvia, un carro que venía bajando se fue resbalado, pegó con un bus que venía subiendo y lo sacó del puente allá abajo?
Disponible desde 2 agosto de 2026 hasta 2 enero de 2027









